Capítulo Loja
¿POR QUÉ SE ESTABLECIÓ LA INSTRUCCIÓN PREMILIAR EN LOS COLEGIOS DEL ECUADOR?
Efraín Borrero Espinosa
Después de haberse suscrito el llamado Protocolo de Paz, Amistad y Límites la madrugada del veinte y nueve de enero de 1942, en la ciudad de Rio de Janeiro, por parte de los Ministros de Relaciones Exteriores de Ecuador y Perú, en presencia de los Ministros de Relaciones Exteriores de Argentina, Brasil y Chile, y del Secretario de Estado de los Estados Unidos de América, constituidos en países garantes, el Ecuador quedó con el espíritu fracturado y la dignidad en vilo, sintiéndose víctima de una injusticia continental que transformó su identidad territorial.
Las condiciones en que se forzó la suscripción de ese Protocolo fueron evidentes, ya que en esa ciudad se desarrollaba la Tercera Reunión de Consulta de Cancilleres para analizar la participación directa de los Estados Unidos de Norte América en la Segunda Guerra Mundial, motivada por los hechos de Pearl Harbor, y sin que constase en la agenda de discusión, los países garantes aprovecharon aquella circunstancia para presionar a la delegación ecuatoriana la firma de un protocolo que establecía límites definitivos, so pena de que el Perú continuase adentrándose en territorio ecuatoriano, como señala el Centro de Estudios Históricos del Ejército Ecuatoriano.
No cabe duda que la dignidad ecuatoriana quedó bajo la sombra del sacrificio forzado, sintiendo que la soberanía fue canjeada bajo presión internacional en un momento de extrema debilidad.
A raíz de la suscripción de ese Protocolo el Estado ecuatoriano emprendió una profunda reestructuración de sus instituciones castrenses, redefinió la estrategia de seguridad nacional y fomentó una revitalización del sentimiento cívico para recuperar el orgullo nacional.
Para lo último, el propósito fue claro: transformar la desmoralización en civismo y la derrota en una mística de servicio, asegurando que cada estudiante se sintiera guardián de una patria que, pese a la pérdida, se negaba a claudicar en su dignidad. Se consideró, por lo mismo, que la verdadera defensa nacional empezaba por el carácter de la juventud estudiantil.
Con esa perspectiva se expidió el Decreto Legislativo firmado el cinco de octubre de 1943 por el presidente de la Cámara del Senado, Miguel Ángel Albornoz, y el presidente de la Cámara de Diputados, Teodoro Maldonado, declarando obligatoria la instrucción pre-militar para todos los establecimientos de educación, públicos o particulares del país.
El Decreto señalaba que el Estado Mayor General y el Ministerio de Educación dirigirán y supervigilarán la instrucción premilitar; los Comandos de Zona y las Direcciones Provinciales de Educación serán los encargados de su ejecución, correspondiendo a los primeramente nombrados designar los instructores y profesores militares de entre oficiales en servicio activo o en retiro, para los colegios, escuelas profesionales y normales.
Es claro entender, entonces, que la instrucción premilitar surgió como el baluarte moral de un Ecuador afectado por el trauma del Protocolo de Río de Janeiro, y que su propósito buscaba forjar ciudadanos jóvenes con un espíritu cívico inquebrantable capaces de rescatar el orgullo nacional de los escombros de la guerra y proyectar una nueva fuerza hacia el futuro. Es decir, más que una disciplina física, la instrucción premilitar fue la respuesta de un Ecuador herido que buscaba sanar su autoestima.
Igual propósito ocurrió en el ámbito cultural. Benjamín Carrión Mora, tras los acontecimientos bélicos de 1941 argumentó que el país podía alcanzar grandeza a través del arte, la literatura y la cultura. Dijo con la autoridad de su palabra: «Si no podemos ni debemos ser una potencia económica, política, diplomática y menos, mucho menos militar, seamos una gran potencia de cultura, porque para eso nos autoriza y nos alienta nuestra historia».
Pero desde que se dictó el Decreto Legislativo la mayoría de acciones que se debían cumplir quedaron en letra muerta y, en definitiva, la instrucción premilitar se limitó a jornadas de preparación física a cargo de los militares en los diferentes cuarteles del país. En la ciudad de Loja se asignó lo que hoy conocemos como Grupo de Artillería «Cabo Minacho» para el cumplimiento de esas actividades.
Como estudiante del quinto curso recibí la instrucción premilitar en el año de 1963, que tenía carácter de obligatoria y era requisito indispensable para graduarse de bachiller. Por aquel tiempo eran tres los colegios masculinos en la ciudad de Loja: Academia Militar «La Dolorosa», Bernardo Valdivieso y Nocturno «Leones de Loja», creado en 1955 bajo el rectorado del preclaro hombre de cultura e ilustre educador, Dr. Carlos Manuel Espinosa Espinosa.
Esa obra educativa fue posible gracias al dinamismo de un grupo de lojanos liderados por Jorge Mora Ortega, fundadores del Club de Leones de Loja. Mi amigo Gonzalo Erazo Ledesma, uno de los primeros estudiantes, me comentó que el colegio no tenía un lugar fijo donde impartir sus clases por las noches; eran los docentes quienes conversaban con los representantes de algunas instituciones educativas para que les faciliten sus instalaciones. En ciertas ocasiones recibían clases en el colegio Beatriz Cueva de Ayora y en otras en el Colegio Bernardo Valdivieso; es decir, pasaban todo el tiempo movilizándose a los lugares en donde la mano solidaria se extendía generosamente.
Los colegios femeninos no participaban, las estudiantes se mantenían tranquilas en sus casas. Fue en 1969 que se reguló la participación de los colegios femeninos mediante Decreto Ejecutivo, pero con otro tipo de actividades. La verdad es que se convirtió en actos de ostentación con desfiles de abanderados, bandas de guerra y entrega de la distinción «Soldado Insigne», en medio del aplauso emocionado de padres de familia.
Todos los sábados en la mañana íbamos al «Cabo Minacho» para recibir la instrucción premilitar. Al comienzo no sabíamos exactamente de qué se trataba, algunos imaginábamos, incluso, que se nos prepararía para ser considerados como miembros de las fuerzas de reserva militar, por sí las moscas. Nuestro ánimo estaba preparado para que nos traten como coshcos.
Las madres de familia planchaban y alistaban los uniformes con esmero para estar bien puestos; la mía, con su ternura inconmensurable almidonaba el cuello y la gorra y con su delicada mano me bendecía y palmoteaba. Habrá dicho: pobre mi hijo, ahora es cuando la puerca tuerce el rabo.
En el primer día el teniente Irigoyen, acompañado de un suboficial, un cabo segundo y tres soldados, dispuso que nos enfiláramos por colegios. Los estudiantes de la Academia Militar estábamos familiarizados con ese tipo de órdenes ya que teníamos toque militar, el resto se mostraba desordenado.
Con la misma voz castrense nos dio la bienvenida advirtiéndonos que allí estamos para ser hombrecitos; para que tomemos conciencia del servicio al país y conocer la actividad militar en el campo de la defensa nacional. Habló de valores éticos, disciplina y de entregar a la sociedad hombres patriotas.
La jornada, como todas las siguientes del año lectivo, comenzó con ejercicios recostados en el suelo, trote, carreras y vuelta al garage. Los estudiantes de cada establecimiento tratábamos de demostrar que éramos los más resistentes, los más machos. El planchado de los uniformes se hacía añicos. Unas palabras más del suboficial y chao, a casa. Allí nos esperaban nuestros padres para averiguarnos qué paso, cómo nos fue, y seguramente vernos con el rostro demacrado.
En algunas jornadas nos enseñaban las características del fusil máuser, nos hablaban a breves rasgos de estrategias de guerra y otros aspectos afines. De todas las explicaciones la que perdura en mi memoria es la que dio el cabo segundo sobre el caballo de artillería, entrenado para desmontar o desenganchar rápidamente las armas. Para entender mejor nos dijo con voz pausada que ese tipo de caballo es un animal propiamente dicho, que por la función que cumple se divide en caballo como tal y en jinete.
A partir del año lectivo 2012-2013, en cumplimiento de lo prescrito en la Ley Orgánica de Educación Intercultural, las instituciones educativas públicas y privadas dejaron de lado la instrucción premilitar.
En octubre del 2021, siendo Ministro de Defensa Luis Hernández, se anunció que desde el siguiente año los estudiantes de los últimos cursos de secundaria participarán en el programa de instrucción premilitar en cumplimiento de lo ordenado por el presidente Guillermo Lasso; es decir, se hablaba de retomar el tema.
Hernández recordó que la instrucción premilitar reunía los sábados a los jóvenes estudiantes en un cuartel de las Fuerzas Armadas, allí se les enseñaba cómo defenderse y ciertos valores que son fundamentales en la vida de los jóvenes, como el orden y la disciplina. Hizo hincapié en que la instrucción premilitar va a permitir entregar a la sociedad un mejor ciudadano.
Todo quedó en palabras y la verdad es que la instrucción premilitar desapareció para siempre, por más que su más importante propósito, como decía el teniente Irigoyen, haya sido el de hacernos «hombrecitos».