Capítulo Loja
LA INDUSTRIA AZUCARERA LOJANA: UN VIAJE A TRAVÉS DEL TIEMPO
Efraín Borrero Espinosa
Una noche de mayo de 1962, Mario Palma, técnico del ingenio Monterrey Azucarera Lojana, le dijo a Máximo Hidalgo: “Ya sale el azúcar, ya sale el azúcar”. Todos los que estaban en el sitio, visiblemente emocionados, pero con la desesperación en ciernes, esperaban el momento culminante. Cada hora que pasaba se hacía más larga, hasta que, por fin, hacia las cinco de la mañana, el azúcar comenzó a salir.
Máximo se trasladó rápidamente a la casa de hacienda para hacer conocer la ansiada noticia a su padre, Alberto Hidalgo, quien lo acompañó de vuelta a las instalaciones de la planta industrial. Al contemplar el primer quintal de azúcar, una sonrisa expresiva dibujó sus labios, mientras sus ojos se humedecían por la emoción. En ese instante, los recuerdos debieron agolparse en su mente pugnando por salir a borbotones: el inmenso esfuerzo revivido como en los días ya lejanos de Zaruma; las noches en vela pensando, diseñando y repasando cada variable técnica y económica para blindar el proyecto contra el fracaso; los momentos de duda y las horas entregadas al ejercicio místico de la creación empresarial. Pero, por encima de todo, vibraba su fe inquebrantable en un ideal: levantar una industria que generara trabajo.
Minutos después, la familia entera celebraba el dulce fruto de su constancia y esfuerzo. Los abrazos efusivos se multiplicaban y sellaban una complacencia indescriptible por el éxito alcanzado. Su esposa, Marianita Gutiérrez Córdova, elevó la mirada al cielo en gratitud profunda y, vencida por la algarabía, no resistió la tentación de jugar y bañarse con azúcar.
La noticia corrió como pólvora por los hogares del pequeño pueblo de La Toma – nombre histórico de la localidad antes de su cantonización como Catamayo, el 22 de mayo de 1981, bajo la presidencia de Jaime Roldós Aguilera -. Los pobladores no tardaron en colmar el recinto del ingenio para atestiguar el prodigio. El eco del logro trepó las montañas hasta llegar a la ciudad de Loja, donde los incrédulos lo recibieron con asombro. Muchos viajaron de inmediato a La Toma para unirse al fervor de la familia, entre ellos un afamado prestamista que tiempo atrás había negado a don Alberto un crédito de un millón de sucres para concluir las obras, aduciendo falta de liquidez; una excusa que ocultaba la verdadera razón: nadie, hasta ese día, creía en la viabilidad de aquella gran obra.
La versión original de este relato es parte del hermoso libro “El Hombre que retó al futuro”, publicado por MALCA en 1996, gracias a la iniciativa de su gerente, Steve Brown Hidalgo, que refiere detalladamente la vida, el trabajo fecundo y los grandes logros alcanzados por Moisés Alberto Hidalgo Jarrín, ilustre ciudadano nacido en Zaruma el 31 de marzo de 1896.
Alberto Hidalgo no tuvo una formación académica tradicional; el título que avaló su destacada trayectoria lo obtuvo en la universidad de la vida. Desde la adolescencia forjó su carácter en la curtiembre familiar de sus padres y, más tarde, en la explotación maderera para la provisión de pilotes. Ganó gran prestigio en el comercio ganadero, actividad donde adquirió fama por el valor inalterable de su palabra. Asimismo, asumió la representación de la Compañía de Aviación SEDTA para los vuelos de conexión con
Guayaquil y Quito, hitos que le permitieron tocar “los dinteles de la gloria” y marcar el camino hacia su consagración como uno de los industriales más notable en la historia de la provincia de Loja, con la creación de la empresa Monterrey Azucarera Lojana C.A. – MALCA -.
La actividad ganadera a gran escala lo atrajo a La Toma por la fertilidad de sus tierras. Eran propicias para el engorde de ganado cuyas reses adquiría en varias haciendas de la provincia de Loja, para luego comercializarlas en Guayaquil e incluso en el Perú, y para la provisión de carne a una empresa minera norteamericana en Portovelo. Arrendó la finca Trapichillo propiedad de Agustín Burneo, que después la adquirió contando con las facilidades que le brindó el propietario. Más tarde pasaría a llamarse Monterrey.
Trapichillo es un nombre que proviene directamente del uso de un trapiche artesanal que había en la finca. Era una máquina de madera accionada por tracción animal que servía para moler caña de azúcar y extraer su jugo con el que se elaboraba panela y el famoso «Turrón», además de destilar guarapo fermentado para producir aguardiente.
Como la máquina era más pequeña o de menor escala en comparación con grandes moliendas industriales de la época, situadas en la provincia del Guayas, se añadió a la palabra trapiche el sufijo diminutivo «-illo». Por lo mismo, el término «Trapichillo» hacía alusión a un trapiche pequeño que operaba en esa zona.
Don Alberto, “visionario de los negocios, fue comprando otras fincas colindantes hasta completar seiscientas hectáreas que sirvieron para el establecimiento de las invernas y los pastizales que sustentarían una actividad ganadera de varias décadas”.
En el valle de La Toma había grandes plantaciones de caña de azúcar que eran destinadas desde hacía mucho tiempo para la venta de forraje preferido por las acémilas de carga que llegaban de paso con mercaderías a la ciudad de Loja, así como también con peregrinos devotos de la Virgen de ElCisne.
Estoy seguro que Alberto Hidalgo, con el tiempo y la genialidad de su visión, asimiló el potencial del valle y pensó en la posibilidad de consolidar y tecnificar las antiguas tierras y haciendas cañeras del sector, marcando la transición definitiva de la molienda artesanal hacia la gran industria azucarera del sur de Ecuador, lo que, a la postre, determinó la existencia de MALCA.
Un aspecto que tomó en cuenta fue que, gracias al clima subtropical seco del valle, el periodo de cosecha duraba diez meses consecutivos, superando ampliamente a los ingenios del Guayas. Además, el hecho de que gran parte del azúcar que se consumía en la provincia de Loja provenía de la costa o del Perú.
En la provincia existieron otros ingenios, que en realidad eran menores procesos de elaboración de azúcar, con una producción que únicamente abastecían la demanda local, pero que, de todas maneras, tuvieron la valía de promover el espíritu emprendedor de los propietarios.
En el fértil valle de Malacatos la hacienda La Trinidad, que años antes fue de los jesuitas, pasó de ser un centro de molienda colonial a convertirse en uno de los referentes de la industria del aguardiente en el austro ecuatoriano.
Hacia finales del siglo XIX, la hacienda experimentó su gran modernización industrial de la mano de Manuel José Aguirre Jaramillo, quien eliminó los viejos trapiches coloniales de madera movidos por bueyes e instaló un moderno ingenio azucarero hidráulico, al que bautizó con el nombre de “Adriana” en honor a su esposa Rosa Adriana Bermeo. De este linaje familiar nació el ilustre escritor y poeta lojano Alejandro Carrión Aguirre, quien plasmó en sus memorias la infancia transcurrida en los cañaverales de esta propiedad.
Esta innovación hizo posible la producción de azúcar y panela, además del destilado de aguardiente, convirtiendo a La Trinidad en un imán económico de la zona que promovió el desarrollo del sector.
En 1976, la propiedad cambió de manos al ser adquirida por René Palacios Serrano en sociedad con Rolando Merchán Semería. Bajo la gestión de la familia Palacios (liderada posteriormente por Rosa Jaramillo viuda de Palacios), la hacienda experimentó un giro integral al preservar la maquinaria histórica de la molienda – como la antigua centrífuga del ingenio – y convertirse en un magnífico centro de eventos, recepciones y servicios turísticos. Sus edificaciones combinan la arquitectura tradicional republicana con la conservación de los antiguos vestigios de la molienda azucarera.
En otro sector de la provincia, en el hermoso paraje de clima subtropical llamado históricamente «El Valle de Huancolla» – perteneciente a la jurisdicción del cantón Espíndola desde 1970 -, se instaló un pequeño ingenio artesanal azucarero en la heredad de la familia Valdivieso, con el fin de procesar la abundante caña de azúcar del valle y fabricar azúcar morena y panela.
Con el paso del tiempo, la hacienda tomó tanta relevancia y el impacto económico y social de la molienda fue tan grande, que los pobladores y viajeros comenzaron a llamar a todo el sector como «El Ingenio”, al punto que, en su parroquialización ocurrida el 23 de septiembre de 1989, se impuso ese nombre por encima de su raíz histórica.
La Toma, Malacatos y El Ingenio no solo molieron caña; moldearon la identidad de importantes sectores de nuestra provincia. Desde el rugido industrial de MALCA transformando el valle de La Toma, hasta el latido constante y artesanal de pequeñas instalaciones, como “Adriana” y El Ingenio, la dulzura lojana se escribió con la inquebrantable voluntad de su gente y la tierra fertilizada por el tiempo.