Crónicas, Dr. Efraín Borrero Espinosa

EL TREN DE LOJA Y LAS “AÑORANZAS” DE JORGE BAILÓN

Efraín Borrero Espinosa

Pío Jaramillo Alvarado, Galo Ramón Valarezo y Jorge Bailón Abad han sido los lojanos que pormenorizadamente escribieron sobre el tortuoso camino que recorrió el anhelado proyecto de construcción del ferrocarril Puerto Bolívar – Loja – Zamora.

La iniciativa del Ferrocarril Transoceánico fue generada por el ilustre sacerdote gonzanameño, Lautaro Vicente Loaiza Luzuriaga, y liderada por Pío Jaramillo Alvarado desde 1910, quien realizó una amplia campaña de prensa a nivel nacional dirigida a demostrar la excelencia de la ruta austral a fin de ocupar realmente el oriente ecuatoriano y dar vida a dichas comarcas.

Surgió en medio del aislamiento geográfico, la marginación y la desatención gubernamental que la provincia de Loja padecía, minando nuestras posibilidades de desarrollo. En sentido figurado estábamos confinados. No había vías de comunicación que nos conecten con los principales polos de desarrollo del país.

El transporte de pasajeros y mercancías dependía exclusivamente de recuas de acémilas y caballos que surcaban escarpados senderos; es decir, la vida se movía al paso de herraduras.

Mi abuelo comentaba que para trasladarse a Quito algunas personas se ponían de acuerdo para viajar en grupo y que siempre estaban acompañados por un guía que portaba arma por sí las moscas.  El convoy incluía caballos de reserva, así como la piara de mulas llevando valija, comida para el camino, carpas y todo lo necesario para abastecerse.

El último adiós a los familiares era en una quebrada procedente de las altas faldas del Carigán, situada al norte de la ciudad, en lo que hoy es el barrio Sauces Norte. Unos lloraban a mares y otros ahogaban los sollozos, por eso se la llamaba “la quebrada de las lágrimas”.

La ruta seguramente era la del Qhapaq Ñan o camino real, que fue una inmensa red vial andina prehispánica de más de treinta mil kilómetros que unificó el Tawantinsuyu, conectando Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú. Julio Eguiguren Burneo comentaba que para este viaje se necesitaba un mes. Eran veinte y seis jornadas a caballo hasta Ambato y desde allí hasta Quito en carruaje de camino que hacía el servicio regular.

Las carreteras se construyeron años más tarde. La que conduce a la costa fue una realidad a comienzos de 1929 gracias al empeño de nuestro ilustre paisano Isidro Ayora Cueva, por eso llevaba su nombre. Los trabajos duraron más de tres años porque fue construida con doscientos hombres, más o menos, que simplemente disponían de carretillas, picos y palas.

La construcción de la antigua carretera Cuenca-Loja se inició en el año 1941 a cargo de la constructora norteamericana Ambursen, coincidiendo con el conflicto bélico entre Ecuador y Perú. Su construcción demoró algunos años.

La motivación de Lautaro Loaiza, que también fue abogado, caló hondamente en el sentimiento de los lojanos. Dicen que era tal su entusiasmo que en algunas ocasiones hizo desfilar por las calles de Loja carros alegóricos que simulaban al ferrocarril con niñas que iban como pasajeras.

El gobernador de entonces, Ramón Riofrío Burneo, convocó a una reunión para conformar el Comité Ferroviario de Loja, encargado de preparar la documentación sólidamente respaldada con argumentos técnicos, económicos y sociales, a fin de justificar la aspiración de los habitantes del sur del país. Algunos de los ochenta y cuatro abogados que había en Loja en esa época ofrecieron entusiastamente su colaboración.

El Comité presidido por el gobernador quedó conformado por Benjamín Cevallos, Ricardo Arias, Benigno Valdivieso, Lautaro Loaiza, Amadeo Vivar, José Antonio Mora y Máximo Agustín Rodríguez que ofició de secretario.

Alentado por el dinamismo y entusiasmo de Máximo Agustín Rodríguez y de Lautaro Loaiza, el Comité creó un periódico llamado “El Ferrocarril” para que la ciudadanía pueda informarse de las gestiones que se llevaban a cabo. El primer número circuló el 10 de agosto de 1909 y el último el 26 de enero de 1910.

Nuestros representantes ante el Congreso Nacional, los senadores Agustín Cueva y Benigno Valdivieso, así como los diputados: Pío Jaramillo Alvarado, Juan Ruiz y Clotario Paz, contando con el incondicional apoyo del diputado por la provincia de El Oro, Manuel González, hicieron suya esta noble causa y en 1912 plantearon ante el Congreso Nacional la necesidad urgente del ferrocarril Puerto Bolívar – Loja – Zamora, como consecuencia de lo cual se expidió el Decreto Legislativo del 4 de octubre de ese año aprobando el proyecto.

Galo Ramón Valarezo asegura que el logro de los representantes lojanos fue impresionante porque planteaba por primera vez en la historia ecuatoriana la idea de “región austral” integrada por El Oro, Loja y Zamora, replanteando la definición que se manejaba en Cuenca desde el siglo XVIII.

Lamentablemente – para los intereses de Loja –  lo que vino a continuación fueron decretos e informes contradictorios, así como la férrea oposición regionalista y el trato discriminatorio con Loja, sumándose la crítica situación del erario nacional y la coyuntura política que sacudía al país.

Tan tenaz fue la oposición regionalista que el ilustre coterráneo, Agustín Cueva Sánz, publicó un mensaje cargado de indignación, que en una parte expresa: “Hay, digámoslo con abierta franqueza, en algunos espíritus de la provincia hermana, el sentimiento inconsciente o embozado de la hegemonía azuaya sobre Loja y El Oro”.

Lo que se hizo para oponerse a la justa aspiración de los lojanos surtió efecto y “todo quedó nada más que en un sueño con grandes pesadillas”. Nuestra esperanza, forjada a base de una lucha legítima, se convirtió en desencanto.   

A inicios de 1998 tuve un encuentro casual con Alcides Navarrete, gran amigo y excompañero de trabajo en Petroecuador, quien ejercía la gerencia de la Empresa Nacional de Ferrocarriles del Estado – ENFE -.  Me conversó que tenía bajo su responsabilidad el proceso de baja de bienes, contándose entre ellos locomotoras, vagones y otras máquinas en desuso, que por el tiempo transcurrido y las condiciones climáticas se estaban destruyendo.

El amor por mi tierra lojana me iluminó para plantearle la posibilidad de que la ENFE donara a la ciudad de Loja, a través de su alcalde, una locomotora, un ténder, dos vagones y cincuenta metros de rieles, a fin de armar un tren que, ubicado en el Parque Recreacional Jipiro, constituya un monumento que preserve en la memoria colectiva aquel acontecimiento histórico de inicios del siglo XX, que a grosso modo se lo narré. 

Alcides puso todo el empeño para hacer realidad lo que le había planteado. Contando con la anuencia del entonces alcalde de Loja, José Bolívar Castillo, con quien tomé contacto, y el apoyo económico de un grupo de lojanos residentes en Quito, el tren llegó a Loja en 1998.

La relación de los hechos está contenida en mi libro “Crónicas de Loja” editado por la Academia Nacional de Historia del Ecuador, Capítulo Loja, gracias al entusiasmo de nuestra Directora Provincial, Susana Álvarez Galarza, y al apoyo de mis apreciados compañeros Miembros Correspondientes.

Años más tarde Jorge Bailón Abad escribió su interesante obra “Morriñas y Notas Viales de Loja”, iniciándola con el capítulo titulado “El silbato de la civilización. Historia de una frustración para Loja”, dedicando algunas páginas a explicar detalladamente lo acontecido con el proyecto del ferrocarril Puerto Bolívar – Loja – Zamora.

Como cierre de este capítulo ofrece sus ‘Añoranzas’, un epílogo reflexivo donde profundiza el sentimiento de frustración que dejó el fallido proyecto ferroviario en el espíritu lojano. Dice que ese tren “luego de ser arreglado y pintado quedó reluciente, como de leyenda. Es el vivo mensaje para los lojanos: para los viejos, por haber sido cercanos testigos de esta epopeya vial con sabor amargo, y para los jóvenes, como monumento al total aislamiento que tuvo Loja durante casi un siglo; un monumento a la deuda que la Patria tiene con Loja”. Asegura que valió la pena haberlo traído, para admirarlo, para acariciarlo, para añorar esta parte de la historia de Loja”.

Con singular imaginación ve sentados en el primer vagón a los incansables luchadores idealistas de los intereses lojanos de esa época, cuyos nombres he mencionado en líneas precedentes. En el siguiente vagón dice ver a los empresarios, aventureros y contratistas que tuvieron interés de alguna manera en el proyecto”.

A Jorge Bailón Abad, mi apreciado y recordado amigo, no tuve la oportunidad de contarle la verdadera historia del tren de Jipiro, de lo contrario hubiese visto en ese vagón a quienes hicieron posible que semejante monumento ferroviario, que trasciende lo recreativo para convertirse en un símbolo histórico, sea una realidad.

Entre ellos no habría faltado Alcides Navarrete, que como gerente de la ENFE agotó todos los recursos a su alcance ymostró una voluntad inquebrantablepara servir a la ciudad de Loja.

Así mismo, a Paulina Arias Burneo, Jorge Jaramillo Vivanco, Jorge Vivar Flores, Rafael Armijos Hidalgo, Jorge Cueva Aguirre, Francisco Bueno, Carlos Sánchez Vera, Ramiro Fernández, Augusto Vergara Jaramillo y Miguel Ángel Aguirre Apolo, apreciados amigos lojanos residentes en Quito que colaboraron económicamente para solventar los gastos de logística desde Riobamba y Durán.

También a Franklin Torres Espinosa, militar retirado que se encargó de canalizar las gestiones para que la Brigada Galápagos de Riobamba colaborara con la transportación de la locomotora hasta Loja, en un tráiler de plataforma capacidad para ochenta toneladas.  

En cuanto a mí se refiere, estoy seguro de que me habría visto luciendo la gorra ferroviaria que mi hermano Ramiro me obsequió para que recuerde lo que fui capaz por amor a Loja, y listo a dar la señal con el silbato para que el tren inicie su marcha, tal como imaginó en sus ‘Añoranzas’.»

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