Capítulo Loja
EL MURAL DE LA POSTA DE LA LOJANIDAD BERNARDINA
Efraín Borrero Espinosa
A las diez de la mañana del día veintiocho de mayo de 1965, la Hermana Sor Manuela Abad Idrovo, perteneciente a la Congregación de Hijas de la Caridad, que por aquel tiempo regentó el Hospital San Juan de Dios, llegó apresurada y llena de pavor a la oficina de Rosa Torres Bustos, para solicitarle que llame urgentemente al Cuerpo de Bomberos porque la cocina estaba inundada de humo negro.
En efecto, un cortocircuito que ocasionó una descarga en el sector de la cocina generó el fuego abrazador que rápidamente redujo a escombros gran parte de aquel viejo hospital, privando a los lojanos de un óptimo servicio hospitalario. Sor Manuela Abad Idrovo entregó su vida tratando de rescatar la Custodia del Santísimo.
Luego de esa tragedia los lojanos fuimos víctimas de engaños por parte de la dictadura militar en el poder y de los gobiernos sucesivos que vanamente ofrecieron construir el nuevo hospital. Se alzaron voces de protesta e indignación y las medidas de hecho no faltaron, como la huelga hospitalaria de 1968.
A ello se sumaba un cúmulo de necesidades cuya desatención impedía desarrollarnos. Bien dijo Alejandro Carrión Aguirre: «Nosotros hemos nacido en una tierra hermosa, rica y singular, a la que el destino ha condenado a una dura existencia, cuyo signo principal ha sido el olvido, el abandono y la distancia. Patria llena de olvidos y distancias, el Ecuador dejó a Loja vivir sola consigo mismo y, al no extenderle su mano grande, le dijo que solamente su esfuerzo debía valerle».
En medio de esta penosa realidad emergió con fuerza volcánica el alma Bernardina para decirle a Loja ¡aquí estamos para defender tus derechos!
Por fuente confiable conozco que Guillermo Falconí Espinosa, quien ejercía las funciones de rector del Colegio Bernardo Valdivieso desde 1969, siguiendo la huella de su ilustre padre, Pedro Víctor Falconí, eminente jurisconsulto, poeta, ensayista y educador, que también fue rector entre 1959 y 1962, reunió a un grupo de docentes para hacerles conocer su intención de organizar una posta estudiantil inédita que llegue hasta el mismo Palacio de Carondelet en Quito y entregue en manos del presidente de la república un pliego de peticiones, en el que prioritariamente conste la construcción del nuevo hospital. A ninguno de los presentes se le ocurrió pensar que era algo imposible, por el contrario, cada uno expresaba palabras de aliento.
Guillermo Falconí, un hombre con liderazgo y carisma y «a quien se lo contextualiza dentro de los parámetros de hombre ejemplar, con un papel fundamental en la vida de Loja», les dijo: manos a la obra, hagamos la planificación para exponerla a los estudiantes que cursan los últimos años de estudio.
Así ocurrió y llegado el momento reunió a sus pupilos para hacerles conocer la iniciativa. El fervor estudiantil inundó el recinto y entre vítores y aplausos gritaron eufóricamente: cuente con nosotros.
Guillermo pidió a Luis Gerardo Calvache y Gonzalo Peláez Valverde encargarse de hacer la selección de los estudiantes que participarían y de su preparación física. A ellos se sumó Marco Carpio Jaramillo, que cursaba el sexto año, y los estudiantes del grupo de raidismo.
Los entrenamientos duraron cuatro meses y empezaban a las cuatro de la mañana para no interrumpir los horarios de clase. El trote, la marcha, el sapito y las flexiones hasta contar cien eran de rigor.
La noticia de la posta se difundió por todos los rincones de Loja propiciando que las instituciones públicas y privadas se unan para lograr objetivos comunes para Loja. Guillermo Falconí dijo años después: «Fue una posta iluminada por la reflexión, dirigida por la inteligencia y motivada por la herencia cívica y cultural del lojano, por eso tuvo un poder de convocatoria impresionante».
Las madres de familia, sin ocultar su preocupación por lo que pudiera pasar a sus hijos, elevaban oraciones para que Dios los proteja. Algunas acompañaban sus ruegos con una vela encendida.
Centinela del Sur informaba paso a paso todo lo que estaba ocurriendo y la Cooperativa Loja se hizo cargo de la logística.
Los preparativos demandaron un inmenso esfuerzo ya que se trataba de un evento extraordinario sin parangón en la historia ecuatoriana, y que jamás ha vuelto a repetirse en el territorio nacional.
Hasta que llegó la mañana del seis de marzo de 1970. La ciudad de Loja despertaba ilusionada por ver y despedir a los sesenta corajudos jóvenes del Colegio Bernardo Valdivieso que se proponían cubrir las seis etapas planificadas: Loja – Oña; Oña – Cuenca; Cuenca – Chunchí; Chunchi Riobamba; Riobamba Latacunga y Latacunga Quito, en una distancia de seiscientos ochenta kilómetros en total.
El punto de concentración fue aquí, en los exteriores del antiguo hospital San Juan de Dios, a las diez en punto. Las autoridades provinciales, directivos del Colegio, familiares y ciudadanía en general llegaban al sitio para dar su voz de aliento a los aguerridos jóvenes. Las madres, con lágrimas de emoción bendecían y besaban a sus hijos una y otra vez, y los padres henchidos de orgullo los abrazaban transmitiéndoles fortaleza.
A la hora prevista partieron para surcar la serranía ecuatoriana haciendo gala de pujanza, abnegación, esfuerzo y coraje. Vencieron todas las adversidades y con su espíritu invencible iban marcando una huella indeleble de lojanidad.
En cada localidad recibían efusivos aplausos y los estudiantes de diversos establecimientos hacían calle de honor en medio de los cánticos vibrantes que entonaban los Bernardinos. La bandera de Loja ondeaba al viento por todo lo alto.
El día doce de marzo arribaron triunfantes a la plaza de Santo Domingo en Quito en medio del furor ciudadano y de lojanos residentes en esa ciudad que los aplaudían frenéticamente.
Una vez en el Palacio de Gobierno, en donde también se hicieron presente algunos legisladores lojanos, autoridades del Colegio y otras personalidades, el grupo de estudiantes y dirigentes fueron recibidos en el Salón Amarillo por el Jefe de Estado, José María Velasco Ibarra. Hernán Freire Poma, líder estudiantil que jugó un rol protagónico, fue el encargado de exponer la razón de la Posta de la Lojanidad Bernardina, haciéndolo con respeto, pero con firmeza y altivez. El Mandatario escuchó con atención al estudiante y extendió la mano para recibir el pliego de peticiones que contenía las aspiraciones de Loja.
Velasco Ibarra, el estadista, el hombre de recia personalidad y a veces explosivo, se resignó a la humildad de un recibimiento cordial y gentil, reconociendo en la gesta Bernardina un esfuerzo supremo y heroico, y pasó por alto que Camilo Borrero Espinosa le haya pisado los callos involuntariamente.
En un momento en que la sensibilidad emotiva se apoderó de su ser, Velasco Ibarra no pudo evitar que las lágrimas inundaran sus ojos. Inmediatamente dispuso a sus ministros que atendieran los requerimientos de los lojanos.
La hazaña de los sesenta estudiantes Bernardinos, que a su retorno orgullosamente proclamaban: misión cumplida, constituye el mejor legado de pundonor, valentía y coraje que tiene Loja y son un ejemplo para el país.
Reconociendo ese legado, así como la inteligente conducción de Guillermo Falconí Espinosa, un educador por antonomasia; el esmerado aporte que brindaron los docentes del Colegio y el apoyo de instituciones, empresas privadas y ciudadanía en general, es que la Ilustre Municipalidad del Cantón, a través de su distinguida alcaldesa, Diana Guayanay Llanes, decidió construir este «Mural de la Posta de la Lojanidad Bernardina», precisamente en el sitio en el que los jóvenes partieron con el optimismo en alto, y que el día de hoy, seis de febrero de 2026, se devela en medio de la emoción que estamos viviendo los presentes.
Aunque ha sido necesario que transcurra más de medio siglo para rendir justo homenaje de gratitud a quienes protagonizaron la máxima proeza de la juventud lojana y llenaron de gloria el nombre de Loja, este mural será un punto de inspiración para las presentes y futuras generaciones, y preservará en la memoria colectiva una acción ciudadana que marcó un hito en la historia de Loja.