Crónicas, Dr. Efraín Borrero Espinosa

ÁNGEL RUBÉN OJEDA: LOJANO ELOCUENTE Y MAESTRO INSIGNE

Efraín Borrero Espinosa

Cuando Matilde Hidalgo Navarro culminó sus estudios primarios en la Escuela «La Inmaculada», regentada por las monjas de la Caridad, conversó a su madre y a su hermano Antonio el ferviente deseo de seguir estudiando en un establecimiento secundario, con la ilusión de lograr, posteriormente, el título profesional en medicina.

Su madre, que para entonces había enviudado, evitando desilusionarla guardó discreto silencio. Seguramente pensó que Matilde se refería a los normales femeninos Manuela Cañizares de Quito y Rita Lecumberri de Guayaquil, ciudades en las que no tenían familiares ni tampoco medios económicos para enviarla y sustentarla.

Antonio, que era el mayor de los hermanos y desempeñó un papel fundamental en su vida al apoyarla en su lucha por la educación, reaccionó con entusiasmo y dijo que puede matricularse en el Colegio Bernardo Valdivieso, cuyo período de inscripción estaba muy próximo.

Matilde se sorprendió con la insinuación de su hermano porque evidentemente el Colegio Bernardo Valdivieso era exclusivamente para hombres y así le respondió. Antonio aclaró a su hermana, a quien quería entrañablemente por ser el «concho» de la familia, que la revolución liberal abrió las puertas del profesionalismo a las mujeres.

Efectivamente, la Constitución dictada el veintitrés de diciembre de 1906 por la Asamblea Nacional, refiriéndose a las garantías nacionales determinó: «La enseñanza es libre, sin más restricciones que las señaladas en las leyes respectivas».

A esa Asamblea Nacional acudieron como representantes por la provincia de Loja personajes de alto nivel profesional e intelectual, como Agustin Cueva Sanz, Manuel Enrique Rengel Suquilanda, José María Ayora Cueva y Benjamín Cevallos

Antonio también hizo saber a su hermana que frente al rectorado del Colegio Bernardo Valdivieso estaba el eminente abogado y formador de juventudes, Angel Rubén Ojeda Torres, reconocido por la concepción humanista que profesionalmente lo destacaba. La comprometió para que, al día siguiente, junto con su madre fueran a entrevistarse con el rector.

A primera hora acudieron al Colegio, cuya edificación situada en la calle Bernardo Valdivieso entre Miguel Riofrío y Rocafuerte fue construida a partir de mediados del siglo XIX, según la autorizada palabra de Rómulo Idrovo Idrovo, hoy convertida en el Museo de la Música Salvador Zaragocín Tapia, uno de los espacios culturales emblemáticos de la ciudad, dedicado a preservar y difundir el legado de compositores y músicos lojanos.

Sentados frente a la imponente figura del rector, quien los recibió cordialmente, se mostraban seguros de ser atendidos favorablemente. Antonio tomó la palabra para expresar que su hermana Matilde Hidalgo Navarro ha tomado la decisión de continuar sus estudios en ese prestigioso establecimiento y que, comedidamente, le solicitaba autorizar la matriculación en el primer curso. Hizo notorio que contaba con el apoyo incondicional de su madre y hermanos, así como el hecho de no tener ningún impedimento constitucional ni legal.

Ángel Rubén Ojeda, arrimado en su sillón escuchó con suma atención la petición, fijando la mirada en Matilde, que con su serenidad poco común en una niña demostraba estar dispuesta a vencer todas las adversidades. Con su característica calidez y la finura de la palabra dijo que el derecho de Matilde estaba incólume y no es materia de discusión.

Lo que me sorprende es la fuerza de su carácter porque su decisión de ingresar a este Colegio no solo es un acto de rebeldía personal, sino un desafío estructural a una sociedad que limita a la mujer al ámbito doméstico, le dijo. Estoy admirado por su decisión de romper el techo del cristal educativo

Como comenta Jenny Estrada, para el Dr. Ojeda no era nada sencillo aprobar esa petición ya que conocía muy bien el medio lojano y sabía que la lucha soterrada del conservadorismo sería una seria amenaza a todo intento de cambio que el sector liberal proponga en la provincia; por lo mismo, fácilmente anticipaba las reacciones que van a levantarse, lesionando el prestigio del plantel, su propio prestigio, su carrera y su cargo.

Dejando en claro que por encima de esos temores estaban sus puntos de vista acerca de la injusta discriminación de la mujer, Ángel Rubén Ojeda solicitó se le permita consultar el asunto a los miembros del Consejo Directivo, por tratarse de un trámite excepcional en la vida institucional, lo que fue aceptado por los Hidalgo Navarro.

Ángel Rubén Ojeda, que con su actitud progresista y visionaria tuvo la claridad de no encontrar impedimentos legales para el ingreso de Matilde, expuso a sus colegas el caso motivándolos para revestir de valentía institucional al establecimiento a fin de hacer justicia con una mujer valiente y con la dignidad en alto.

Un mes después mandó a ver a Matilde Hidalgo para hacerle conocer que su solicitud ha sido admitida por el Consejo Directivo. El veintidós de octubre de 1907, fue matriculada como alumna del primer curso e ingresó por la puerta ancha del colegio con la firmeza de sus pasos y la sonrisa a flor de labios.

En la firme y justa decisión de Ángel Rubén Ojeda existe coincidencia con lo actuado por el destacado jurista cuencano; intelectual, escritor, diplomático y conocido por su profunda vocación docente, Honorato Vásquez Ochoa, quien, en ejercicio de sus funciones como rector de la Universidad de Cuenca, autorizó la matriculación de Matilde Hidalgo para que cursara los estudios en medicina, luego que la Universidad Central se la había negado.

No cabe duda que las decisiones de estos dos prominentes hombres, nos permite aquilatar su inteligencia, apertura intelectual, fuerza humana y espíritu de justicia y equidad para reconocer un derecho fundamental y romper la brecha impuesta entre hombres y mujeres. Extraña que el nombre de Ángel Rubén Ojeda Torres se haya mantenido a la sombra de nuestra historia, porque fue un destacado abogado y jurisconsulto que relució en el ámbito legal y literario del siglo XX. Considerado uno de los mejores oradores de su tiempo por su elocuencia y persuasión que inspiraba y motivaba a las nuevas generaciones.

Su capacidad para transmitir conocimientos y valores era excepcional, y su legado como maestro dejó una huella imborrable en la formación de juventudes, tanto en la Junta Universitaria donde impartía conocimiento sobre Derecho Civil como en el Colegio Bernardo Valdivieso.

Fue Gobernador de la Provincia, Presidente del Concejo Cantonal, miembro de la junta de Beneficencia del Hospital y Director de Estudios de la Provincia. Formó parte del entorno intelectual que influyó en la formación de figuras literarias lojanas de ese entonces, que marcó el preludio de la «época de oro» del Colegio Bernardo Valdivieso, a la que se refiere la escritora Susana Álvarez Galarza, quien resalta que fue la que imprimió la plataforma vital de la creación literaria nacional con sus estudiantes destacados y brillantes docentes que aportaban en las nacientes revistas fundadas: Hontanar, Bloque y Alba Nueva, en diferentes géneros literarios, dirigidas por el eximio abogado, escritor y docente, Carlos Manuel Espinosa.

Susana Álvarez hace notorio que en aquel entonces la difusión de los libros era escasa y en su defecto se imprimían revistas en la imprenta del Colegio Bernardo Valdivieso, que sustituían la difusión de los libros y eran aceptadas de manera extraordinaria por intelectuales como: Alfredo Mora Reyes, Manuel Agustín Aguirre, Pablo Palacio, Ángel Felícisimo Rojas, Clodoveo Jaramillo Alvarado, Jorge Hugo Rengel, Ramón Samaniego, Belisario Moreno, Benjamín Carrión Mora, Adolfo Valarezo, Manuel Ignacio Montero, Emiliano Ortega, Juan Cueva Ontaneda, Mario Augusto Ayora, Julio César Ojeda, Eduardo Mora Moreno y Rosa Arciniegas.

En el entorno familiar de Ángel Rubén Ojeda Torres, nacido Loja en 1869, hijo del abogado José María Ojeda y Mercedes Torres, existieron personajes de gran valía profesional e intelectual. Su hermana, Balbina Ojeda Torres, casada con Juan Rafael Ojeda, fue la madre de Julio César y Rafael Adriano Ojeda Ojeda. El primero fue un distinguido jurista que ejerció la presidencia de la Corte Provincial de Justicia en varios períodos; legislador, gobernador, profesor del Colegio Bernardo Valdivieso e historiador. Su vasta biblioteca era el reducto para saciar sus deseos de incansable lectura; y, el segundo, igualmente se desempeñó como profesor del Colegio Bernardo Valdivieso y fue diputado constituyente por nuestra provincia en 1946, junto con Francisco Costa Zabaleta, Alfonso A. Villacrés y Maximiliano Witt Añazco.

En su relación con la señora Filomena Rojas Solís, Ángel Rubén Ojeda tuvo dos hijos: Ángel Felicísimo y Delia María Rojas. Del primero, insigne escritor, periodista, articulista, crítico literario, académico, profesor de educación media y catedrático universitario, se ha escrito una buena cantidad de libros, revistas y artículos que exaltan su vida y proficua producción literaria.

Ángel Felicísimo Rojas fue amante de su tierra natal y en alguna ocasión dijo: «Vivo enamorado de la pequeñita Loja, y mis restos descansarán en el lugar donde se originó mi vida». Y eso se cumplió al pie de la letra. Luego de su fallecimiento el veinte de julio de 2003 en Guayaquil, sus cenizas fueron entregadas con una lápida azul a su entrañable amigo, Fausto Aguirre Tirado, hijo adoptivo de Loja, cuyo legado académico y literario ha dejado una huella indeleble en el ámbito educativo y cultural de nuestro país, quien destinó en su casa de habitación en esta ciudad, un sitio especial para conservar el nicho, junto al cual estaba su espacio, que a raíz de su fallecimiento el veinte y nueve de enero de 2025 dio cabida a sus cenizas, cumpliéndose el deseo de estar juntos hasta la eternidad.

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