Crónicas, Dr. Efraín Borrero Espinosa

LA ELOCUENCIA ORATORIA EN EL AYER LOJANO

Efraín Borrero Espinosa

A finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX, la palabra vibró con elocuencia en algunos eventos magnos que se dieron en nuestra pequeña pero altiva ciudad de Loja. Desde los efusivos discursos que celebraron el milagro de la primera bombilla eléctrica en 1899, pasando por la disputa ideológica que coronó la estatua de Bernardo Valdivieso en 1909, hasta el acongojado lamento sagrado que despidió al obispo José Antonio Eguiguren en 1910, la tribuna pública se convirtió en la guía de la comunidad y la oratoria lojana en el alma de sus horas más solemnes.

Esta elocuencia encontraría después un eco magistral en el Cementerio Municipal, cuando la impresionante voz de Baltazar Aguirre Aguirre, ilustre hombre público, despidió en 1936 al filántropo Daniel Álvarez Burneo. Aquellas voces hicieron gala del orgullo imperecedero de una estirpe de intelectuales.

Sin duda que la instalación de la primera planta de luz eléctrica para dar servicio público y domiciliario a la ciudad de Loja fue uno de los acontecimientos más importantes de finales del siglo XIX a nivel nacional. Ese hito histórico, que provocó el asombro de propios y extraños, demostró que los lojanos somos capaces de convertir la utopía en realidad, y que, a pesar de las distancias y el aislamiento, transformamos la iniciativa local en un faro de progreso para toda la nación.

Esta obra industrial, inaugurada el primero de abril de 1899, fue posible gracias al coraje y tesón de los hermanos José Miguel y José Antonio Burneo, contando con el entusiasmo y asistencia técnica del ingeniero francés Alberto Rhor Dargot. Juntos desarrollaron una intensa labor de motivación para que la iniciativa fuera acogida por un grupo de visionarios locales, quienes conformaron la ‘Sociedad Luz Eléctrica’. Los detalles de esta gesta histórica los narré en ocasión anterior

La inauguración fue un acto solemne llevado a cabo en el salón de la Casa Municipal, a las siete y media de la noche, con la presencia de autoridades, socios e invitados especiales. Una multitud curiosa y expectante abarrotaba las inmediaciones de la calle 10 de Agosto. Entre los asistentes reinaba un murmullo de incredulidad; algunas damas guardaban pañuelos en sus manos, preparadas para cubrirse el rostro por el temor reverente a los supuestos «rayos invisibles» de aquel invento moderno.

La programación incluyó la entonación de los himnos del Ecuador y de Francia, así como las magistrales interpretaciones musicales del pianista lojano Daniel Sarmiento y del cantante Luis B. Lepiani, un ciudadano peruano y agente viajero de comercio que se estableció en Loja participando activamente en actos públicos locales de trascendencia, quien contrajo matrimonio con Carmen Espinosa Rosales.

En ese momento sonó el Himno a Francia porque tuvo el propósito de reverenciar la cuna de Rhor. El Himno a Loja aún no se había gestado. Sería en noviembre de 1920 cuando el ilustre Máximo Agustín Rodríguez Jaramillo escribiría su letra, hecho que la escritora Magdalena Chauvín Hidalgo certifica con el manuscrito original en su poder. El canto

formal de la ciudad esperaría casi medio siglo más hasta ser oficializado por el Concejo Cantonal, el 11 de noviembre de 1969.

El corazón del hito latió con fuerza en los salones de la Municipalidad con las elocuentes oratorias de Ramón Eguiguren, Serafín Alberto Larriva, Juan Ruiz, Benjamín Ruiz y Agustín Espinosa Álvarez.

Ramón Eguiguren, quien intervino en su calidad de gerente y representante de la compañía, no solo felicitó a la sociedad lojana por haber vencido el aislamiento geográfico y la oscuridad, sino que elevó el acto a una categoría filosófica.

En su discurso argumentó con profunda elocuencia que: «Los pueblos, a semejanza de los individuos, van abandonando poco a poco la abstracta penumbra para marchar hacia un horizonte de progreso, de bienestar y de porvenir».

Al finalizar las brillantes intervenciones y con el aplauso de las autoridades y de todos los presentes, se accionaron las compuertas de la planta hidroeléctrica para generar la luz que bañó la urbe con una claridad blanquecina.

El acto concluyó con una retreta en el parque central, cuya banda musical abrió el evento con el Himno de Francia y continuó con un selecto repertorio clásico de valses y marchas europeas, demostrando el refinado gusto artístico de la sociedad lojana de la época.

Otro evento memorable fue el develamiento de la efigie del Ilustre filántropo de la educación lojana, Bernardo Valdivieso y González de las Eras, en la Plaza Central de Loja. Era el 24 de mayo de 1909, exactamente ciento cuatro años después de que el alma del filántropo partiera hacia la inmortalidad. La Plaza era un campo abierto dominado por la Iglesia Matriz y rodeada por casas coloniales.

Los destacados discursos de Agustín Espinosa Álvarez, Víctor Antonio Castillo, Máximo Agustín Rodríguez Jaramillo, Amadeo Vivar Espinosa, Manuel Enrique Rengel, Manuel Burneo, Luis Francisco Riofrío y Benjamín Ruiz, entre otros, fueron publicados por el periódico «El Municipio Lojano» en su edición especial número 86.

La erección del monumento no estuvo exenta de las tempestades políticas del momento. Mientras que los sectores conservadores y religiosos locales habían pugnado durante años por erigir en ese espacio preferente una estatua a la Inmaculada Concepción, el pensamiento liberal e institucional, amparado en el reglamento del Colegio Bernardo Valdivieso, logró imponer la idea de homenajear al gran filántropo de la educación.

El acto, organizado con fastuosidad por la Municipalidad, se convirtió en un certamen de elocuencia donde los oradores utilizaron la palabra como un puente de reconciliación y un himno al progreso cultural. Frente a una multitud que copaba la plaza, los discursos ensalzaron la figura de Valdivieso no solo como un benefactor, sino como el visionario que sembró la semilla de la identidad intelectual de la provincia.

Desde la tribuna levantada frente a la casa que habitó el propio filántropo – hoy constituida en museo -, la oratoria lojana vibró con metáforas que describían la educación como la única luz capaz de disipar las tinieblas de la ignorancia. Los oradores recordaron cómo, gracias a su testamento, la educación había florecido en el antiguo Colegio San

Bernardo, transformando a Loja en una auténtica cantera de juristas, médicos, maestros, humanistas e intelectuales.

La jornada cerró con el desfile de la vigorosa juventud bernardina, cuyos estandartes saludaron por primera vez al “Patrón” inmortalizado en metal.

Cuando se extinguió la vida del segundo Obispo de Loja, José Antonio Eguiguren Escudero, víctima de una fulminante peritonitis, el día domingo 18 de diciembre de 1910, a las nueve de la mañana, las campanas de todos los templos de la urbe rompieron el silencio dominical con un lúgubre repique de tristeza.

La noticia causó impacto en el alma colectiva de la provincia ya que era una figura sumamente querida y respetada por su arrollador carisma y su inquebrantable vocación de servicio. Su corto pero fecundo episcopado había estado marcado por hitos imborrables, como haber gestionado con éxito el retorno de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle e impulsado una ambiciosa remodelación estética y arquitectónica de la Iglesia Catedral.

Las honras fúnebres transformaron la Catedral de Loja en un grandioso teatro de dolor y elocuencia sacra. El púlpito se convirtió en el epicentro desde donde los más preclaros oradores del clero lojano, a la cabeza el Deán de la Iglesia Catedral, Daniel de Jesús Ojeda, dieron sentidos discursos fúnebres. Una de las alocuciones exclamó desde el púlpito: «No lloréis a un obispo que ha muerto, sino dad gracias al Altísimo por el pastor que os concedió; pues su vida fue un relámpago de amor y su memoria será el cimiento eterno de esta Iglesia».

Lo que ocurrió en la Iglesia Catedral fue un acto eminentemente clerical organizado por la Diócesis de Loja. Por esa razón, trece días después – el 31 de diciembre de 1910 a las siete de la noche -, se llevó a cabo una ‘Velada’ promovida por un comité civil en el salón del Seminario. Allí se dieron cita preclaros oradores en representación de la ciudadanía, quienes exaltaron la vida pastoral del insigne Obispo y expresaron la profunda congoja pública por tan irreparable pérdida.

Los discursos estuvieron a cargo de Máximo Agustín Rodríguez y Pío Jaramillo Alvarado, mientras que la sensibilidad poética corrió por cuenta de Emilio Mora y José Miguel Carrión.

El día del entierro, el cuerpo de Monseñor Eguiguren fue conducido en hombros de los fieles y las autoridades civiles por el perímetro de la Plaza Central, pasando muy cerca del bronce de Valdivieso que él mismo contemplara meses atrás. Sus restos fueron depositados finalmente en una de las criptas de la misma Iglesia Catedral que con tanto esmero buscaba embellecer.

La elocuencia oratoria de aquella trágica semana de diciembre de 1910 no solo sirvió para exaltar la figura del prelado, sino que demostró que la palabra lojana poseía también la fuerza sentimental para transformar el dolor público en un monumento imperecedero de fe y gratitud.

Finalmente, el sepelio de Daniel Álvarez Burneo, fallecido el 4 de agosto de 1936, no fue un acto protocolario más. Se convirtió en una manifestación de gratitud masiva y espontánea que desbordó las calles céntricas de la urbe, en noble reconocimiento al

hombre que legó su inmensa fortuna para la educación de la niñez y juventud de escasos recursos.

Un imponente cortejo fúnebre acompañó el féretro desde el centro histórico hacia el Cementerio Municipal. Las crónicas de los semanarios locales describían una escena sobrecogedora: la marcha del féretro estaba custodiada por una hilera de automóviles cargados exclusivamente con impresionantes coronas y ofrendas florales remitidas por sindicatos obreros, escuelas, autoridades y familias de la localidad.

Al llegar al camposanto, la multitud rodeó la fosa abierta. En ese instante de honda consternación, una figura imponente dio un paso al frente para encarnar el sentimiento de la provincia: fue Baltazar Aguirre Aguirre en su doble condición de prominente jurista y presidente de la Junta Administrativa del Hospicio.

Dueño de una de las voces más reconocidas del foro y de la magistratura local, hizo gala de esa elocuencia vibrante que caracterizaba a los pensadores de la época. Despojando su discurso de cualquier frialdad jurídica o formalismo institucional, pronunció una oración fúnebre cargada de lirismo y honda emoción humana.

Visiblemente conmovido ensalzó la caridad cristiana y el desprendimiento de Álvarez Burneo, recordándole al pueblo que la fortuna del filántropo le pertenece al porvenir de los niños desamparados de la provincia.

Su voz, que resonó clara sobre el silencio del cementerio, alcanzó su punto culminante cuando, sensibilizado por la trascendencia del acto, expresó: «Ante esta tumba que hoy se abre, no venimos a llorar la derrota de la carne, sino a presenciar el nacimiento de un mito de caridad. Daniel Álvarez Burneo no desciende hoy al olvido; asciende, por la fuerza de su desprendimiento, al altar de los héroes inmortales de la lojanidad». Ese discurso fue tan hondo que las crónicas impresas en los talleres del Clero lo calificaron como una pieza literaria monumental.

Posteriormente, al cumplirse el primer año del fallecimiento de Daniel Álvarez Burneo, se sumó a esta constelación de oradores el Canónigo Teologal Benjamín Rafael Ayora Cueva, quien pronunció una célebre y extensa Oración Fúnebre en el mismo cementerio público, el 4 de agosto de 1937.

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