Crónicas, Dr. Efraín Borrero Espinosa

BREVE HISTORIA DE LOS CINES EN LA CIUDAD DE LOJA

Efraín Borrero Espinosa

Como ha ocurrido en otras ciudades del país, en Loja hemos llamado teatro a toda sala de cine, que son instalaciones construidas o adaptadas específicamente para la exhibición de películas; mientras que el teatro se construye para crear un espacio arquitectónico diseñado para la representación de eventos escénicos, artísticos y culturales.

Con ese propósito se construyó el Teatro Bolívar. Así confirma la escritura pública del treinta de marzo de 1913, mediante la cual el Colegio Bernardo Valdivieso, representado por su rector, Luis Felipe Jaramillo, adquirió el lote de terreno contiguo a ese establecimiento educativo, para funcionamiento de la Junta Universitaria y de la Facultad de Jurisprudencia, al tiempo de posibilitar un teatro para actividades culturales.

El terreno en referencia es el que ocupa la Casona Universitaria, mal llamada Casona Municipal, en la intersección de las calles Bernardo Valdivieso y Rocafuerte, el mismo que se extiende hasta la calle Olmedo, en donde actualmente se encuentra la Plaza de la Cultura.

Es preciso hacer hincapié que el Colegio Bernardo Valdivieso adquirió el terreno porque la Junta Universitaria fue creada adscrita al entonces Colegio San Bernardo, nombre que el Presidente Eloy Alfaro cambió por el de Bernardo Valdivieso, mediante decreto del 5 de septiembre de 1902, como justo homenaje a la memoria de su ilustre benefactor. Muchos años después, el 9 de octubre de 1943, el Presidente Carlos Arroyo del Río elevó esa Junta Universitaria a la categoría de Universidad, creando así la Universidad Nacional de Loja conformada por la Facultad de Jurisprudencia y la Facultad de Ciencias.

La construcción del Teatro Bolívar respondió a la necesidad de brindar un espacio adecuado a las manifestaciones culturales y artísticas que despuntaban en Loja, desde cuando la Junta del Colegio San Bernardo estableció en su claustro una academia de música, el veinte y tres de septiembre de 1844, que se regía por un reglamento especial.

Sobre el inicio de los trabajos de construcción, Rómulo Idrovo Idrovo, distinguido arquitecto cuencano afincado en nuestra ciudad durante algunos años, realizó una exhaustiva investigación en fuentes primarias, concluyendo que “no existen mayores datos por encontrarse extraviados los documentos y que es desde 1921 que existe alguna información sobre el asunto”.

En cuanto al plano arquitectónico con estilo neoclásico, se asegura que fue traído posiblemente desde el exterior por 1920 y se lo sometió a muchas discusiones para resolver cuestiones técnicas y estructurales. Al no contar con profesionales especializados se encargó la modificación del plano al ingeniero en minas Bernardo Mora, conjuntamente con Clodoveo Carrión, quien fungió posteriormente como director de la obra.

Esa edificación, construida a base de adobe y tapia se concluyó a inicios de 1943, ya que los recursos económicos llegaban “por goteo”, como el aporte que brindó el Ministerio de Obras Públicas por la cantidad de diez mil sucres

Cuando el teatro estuvo habilitado para su funcionamiento, la Junta Universitaria recibió la propuesta de arrendamiento por parte de los hermanos Pío Antonio y Víctor Flavio Cueva Ontaneda para destinarlo a una sala de cine. Para el efecto habían conformado legalmente la “Empresa de Cine Excelsior”, probablemente tomando el nombre del famoso Cine Excélsior fundado en la ciudad de Lima, Perú, hacia la década de 1930. El canon de arrendamiento mensual se fijó en quinientos sucres durante un período de cuatro años.

Habían solicitado a Alemania, Francia, Inglaterra y Estados Unidos cotizaciones de un Equipo Doble Cinematográfico de treinta y cinco milímetros de gran duración, decidiéndose por la maquinaria “SOS” a un costo de sesenta mil sucres de contado, cuya instalación hizo Mr. Megan, un ingeniero norteamericano residente en Guayaquil.

El que conocía el negocio a cabalidad era Pío Antonio. En sus “Memorias”, un hermoso libro editado en julio del 2002, Víctor Flavio Cueva Ontaneda cuenta que su hermano Pío Antonio se había dedicado a exhibir películas cinematográficas en los pueblos de nuestra provincia.

Las funciones de cine en el Teatro Bolívar eran todos los días por la noche, y los sábados, domingos y días festivos también había matinés. El anuncio de iniciación de las funciones se hacía con una sirena suave, tal como ocurría en el Teatro Bolívar en Quito.

Víctor Flavio dice que, en junio de 1945, “el nuevo rector de la universidad, pretextando que había que reparar el teatro, nos lo quitó intempestivamente; y como no teníamos local propio ni había en Loja uno adecuado que pudiésemos alquilar, desarmamos la maquinaria y al poco tiempo la vendimos al ingeniero Gustavo Serrano de la ciudad de Machala”.

Recuerda con afecto a Oscar André, que era el operador principal, así como a sus ayudantes y compañeros de trabajo: Alberto Arias Burneo, “El Cheche” y Carlos Zaragocín, un hombre habilidoso para pintar las pocas carteleras de propaganda que se exhibían en nuestra pequeña ciudad. Ese sistema de publicidad se mantuvo por muchos años. Recuerdo tres puntos donde se las ubicaba: en la esquina de las calles Bolívar y Miguel Riofrío, en la 18 de noviembre y 10 de agosto, y en San Sebastián.

Años después, la Universidad Nacional de Loja retomó la idea de la sala de cine en el Teatro Bolívar, haciéndolo con sus propios recursos y bajo la administración de un “gringo”. El resultado no fue de lo mejor, por lo que decidieron arrendarlo a Miguel Ángel Vélez Valdivieso y luego a Carlos Enrique Vélez Ojeda, quienes tenían sus propios equipos de cine.

Miguel Ángel Vélez Valdivieso era propietario, al mismo tiempo, de una sala de cine construida específicamente para ese fin, situada en el portal de la plaza central, a la que llamó Teatro Vélez. Contaba con un pequeño escenario para presentaciones ocasionales de artistas, como el Trio Los Imbayas de la provincia de Imbabura y Paúl Sol, cantante lojano creador del estilo dramático en la nueva ola.

Por aquel tiempo también existió el llamado Teatro Acapulco, que en realidad fue un salón grande de la casa de habitación situada en la intersección de las calles Sucre y Quito, que se lo adaptó para cine. Allí funcionó inicialmente el colegio femenino 27 de febrero.

El primer arrendatario del local fue Miguel Palacio Guarderas, conocido como “Sambitico”, quien utilizaba un peculiar modo para anunciar las funciones de cine. Un empleado suyo recorría las calles céntricas de la ciudad halando un caballo que en su cuello colgaba una campanilla bullanguera y en los costados llevaba carteleras que anunciaban la programación del día.

“Sambitico” fue un hombre acaudalado, propietario de haciendas en la jurisdicción de Zapotillo en las que tenía crianza de caballos de paso que los comercializaba en el norte del vecino país. Se cuenta que al ejército peruano le vendió cuatrocientos caballos.

Otro arrendatario fue Emilio Guerrero Armijos que cambió el nombre de Teatro Acapulco por el de Teatro Popular; denominación que trasladó a la sala de cine que construyó en la calle Bolívar, entre Miguel Riofrío y Azuay.

Brindaba programaciones en las noches y adicionalmente los sábados y domingos por las tardes. Era un cine que se caracterizaba por exhibir películas mejicanas y por anunciar el inicio de la función con el pasodoble “Sangre Ecuatoriana”. También tenía un pequeño escenario que sirvió para la primera presentación de Paúl Sol en nuestra ciudad, en circunstancias que había logrado popularidad a nivel nacional. Lo acompañó al piano Gonzalo Erazo Ledesma y no faltó una pequeña silla de madera que la destrozó cantando “Burlado”, porque que era parte del show.

En 1969, Alfonso Valdivieso Carrión, los hermanos Juan Ignacio y José Vicente Valdivieso Eguiguren; Guillermo Salas y Carlos Enrique Vélez Ojeda, se asociaron con el objeto de construir el Teatro El Dorado, situado en la calle Bernardo Valdivieso entre Rocafuerte y 10 de agosto. Constituyó la más importante sala de cine de la ciudad, tanto por su lujosa presentación, a la altura de las mejores del país, como por la calidad de las funciones.

Para su fastuosa inauguración en 1970 contrataron al grupo musical chileno Los Ángeles Negros, que estaba en pleno apogeo a nivel internacional. Compartieron el escenario los Bric a Brac, un conjunto musical de adolescentes lojanos liderado por Alberto Solano de la Sala, que se había popularizado a nivel local.

Años más tarde fue vendido a la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja, que lo utiliza exclusivamente para actos culturales, artísticos y académicos. Lleva el nombre del eximio maestro Segundo Cueva Celi.

Los colegios La Inmaculada y Santa Mariana de Jesús construyeron lo que se conoce como salón de actos, a los cuales convirtieron en teatros con los nombres de Loja y Grand Rex, respectivamente, para destinarlos a salas de cine. Su funcionalidad no surtió mayor efecto, a tal punto que en poco tiempo dejaron de presentar películas. Actualmente se los destina para uso interno y para presentación de obras teatrales y artísticas, especialmente durante el Festival Internacional de Artes Vivas.

Finalmente, Loja contamos desde hace algunos años con un Cinema que funciona en la segunda planta alta de la Plaza del Valle Shopping, también conocida como Hipervalle. En general, esas salas de cine fueron la alternativa en muchas ciudades frente a la fuerte penetración de la televisión por cable que ofrece una gama de películas. Su característica principal es la calidad sonora de la sala.

No cabe duda que el aparecimiento de las salas de cine en Loja causó un impacto en nuestra población y en gran medida modificaron su estilo de vida, porque era el único medio de entretenimiento. Las señales de televisión, que constituyeron otra alternativa, fue un suceso que se produjo años después. Recordemos que el primer canal de televisión en Loja, fundado bajo la visión de Presley Norton y Walter Jaramillo, originalmente conocido como Canal 4, inició sus transmisiones en 1968. En 1994 cambió su nombre comercial a UV Televisión. La señal de Canal 2, que después se llamó Ecuavisa, inició sus transmisiones el primero de marzo de 1967 desde Guayaquil, posteriormente, su cobertura se expandió a todo el país, incluyendo Loja. La señal de Canal 10, conocido como TC Televisión, llegó a la ciudad de Loja de forma oficial el veintiuno de mayo de 1970, y la de Teleamazonas en 1977.

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