Capítulo Loja
Una lectura a solas, escuchando y en voz alta
Aprender a escuchar nos enseña a ser lectores; de ahí que la lectura en voz alta no debe ser suspendida por los padres ni por los profesores solo porque el niño ya aprendió el alfabeto. En toda la escolaridad del nivel básico, e incluso del bachillerato, se debe continuar con la lectura en voz alta; solo que, esta vez, de manera alternada: padres e hijos, profesor y alumnos. Cuanta más lectura haya en voz alta significa que los mediadores siempre estarán abogando a favor del placer de la lectura. La capacidad de comprensión auditiva es la que nos lleva de la mano a la capacidad de comprensión literal e inferencial para toda la vida. “Cualquier profesor que les lea a sus estudiantes –jóvenes y adultos- puede testificar que un gran número de estudiantes busca el libro que se está leyendo en clase para leerlo por su cuenta” (Trelease, 2012).
Como bien sabe todo ciudadano responsable: ser padres consume tiempo, y es necesario que se invierta el tiempo en los hijos; en esa inversión de tiempo debe incluirse el tiempo para la lectura. Trelease señala que “¿cuándo creamos los mejores vínculos afectivos con los jóvenes? Siempre que les dedicamos tiempo por separado: una caminata a solas, una charla a solas, una lectura a solas. Y, por último, usted se dará cuenta de que hay menos peleas y problemas con un niño cuando uno está a solas con él” (2012).
La lectura por placer empieza así, con la lectura en voz alta. Esta voz es la que atrae el afecto del niño hacia sus mediadores y la inclinación para la búsqueda del libro por voluntad propia. Poco a poco, cuantas más lecturas escucha, sobre todo, cuando escucha o lee cuentos, y en la medida en que luego, en silencio, ese niño y joven va leyendo más y más, se da cuenta que “necesita cuentos que le ayuden a entenderse a sí mismo y a los demás, a descubrir lo que se esconde en esa región misteriosa que es su propio corazón (…) Siempre es así con los cuentos. Puede que no sean reales, pero hablan de la verdad (…) Un cuento es una casa de palabras, un refugio frente a las angustias que provocan las incertidumbres de la vida” (Martín, 2013).
Con el afecto que el lector principiante empieza a desarrollar para quien le lee en voz alta, empieza también a desarrollarse una ternura especial para valorar la vida en general. El libro se convierte en un objeto especial, en un ser que ha cobrado vida porque no solo que le enseña a ser sensible, sino que las lecturas escuchadas y leídas le promueven a comunicarse con el entorno. El niño que disfruta escuchando y leyendo está siempre expuesto a la adquisición de un lenguaje más rico y a la promulgación de una escritura más fluida. Lectura y escritura luego son compatibles con su nivel de comunicación. Pues, es casi seguro que un estudiante que aprende a escribir con fluidez no es porque ha practicado mucho la escritura sino porque ha leído más por placer. El que más lee es el que mejor aprende, por ejemplo, a escribir ensayos, que es lo más difícil que puede hacer un estudiante que no sea lector.
Por lo tanto, el principal ingrediente para que un niño llegue a desarrollar la habilidad de la escritura y, sobre todo, para que tenga un estilo de escritura, está en los niveles de lectura que tenga. Comunicación y escritura defectuosas son sinónimo de ausencias de lectura. Por eso, si el niño no ha tenido oportunidad para que le lean en voz alta, no sentirá interés para leer por su cuenta, y preferirá estar más con aquellos compañeros o amigos cuyo vocabulario también es pobre, o preferirá escuchar canciones cuyo lenguaje sea el más común y corriente y, por supuesto, preferirá ver más la televisión o se meterá en las redes sociales de Internet, no para leer con fluidez sino solo para entretenerse en el mundo de las imágenes.